Por esto no vale la pena contarle a nadie tus planes.

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Si quieres hacer reír a Dios cuéntale tus planes,  dice la conocida frase.
Es cierto que en ocasiones hasta las perspectivas mejor calculadas acaban por no realizarse por alguna razón de fuerza mayor, o porque la persona misma deserta durante el proceso. Pues resulta que desde hace al menos un siglo este fenómeno ha llamado la atención de un buen número de investigadores.

Pareciera que luego de tomar la firme decisión de hacer algo (comprar un vehículo o una casa, ir de vacaciones al extranjero, casarse, iniciar un negocio, etc) lo más lógico es darle a conocer tus planes a tus amigos para que te apoyen y se alegren por tí. Por otra parte, ya en 1933 psicólogos descubrieron que entre mayor sea la cantidad de personas que conocen nuestros proyectos, menor es la probabilidad de que estos se hagan realidad.

¿Qué es lo que pasa? Bueno, si hacemos públicos nuestros planes con anticipación, nuestro subconsciente empezará a tomarlos como una realidad. Y tal como el objetivo subconsciente ya fue alcanzado, se pierde la motivación.

El profesor Peter Gollwitzer, psicólogo de la Universidad de Nueva York analizó ese tema en 1982 como parte de su libro Teoría de la Auto-Realización Simbólica. No hace mucho él llevó a cabo diferentes investigaciones en las que participaron 63 personas. El resultado mostró que la gente que no compartió sus planes con los demás llegó a hacerlos realidad con mayor probabilidad que aquellos que decidieron contarle a los otros para recibir su apoyo y aceptación.

El profesor Gollwitzer supone que el hecho de dar a conocer los propios proyectos nos da un prematuro sentido de completitud. En nuestro cerebro se hacen presentes los así llamados símbolos de identidad que nos ayudan a hacernos una idea de nosotros mismos. Para que tal símbolo tenga lugar no es necesario actuar, basta sólo con hablar del tema. Supongamos que le cuentas a alguien acerca de tu proyecto de escribir tu tesis de grado y en la mente de ambos eres todo un doctor en tu materia: el cerebro se satisface con ello y el estímulo de hacer algo para lograrlo desaparece. Adiós al deseo de investigar, buscar un asesor científico, reunir material, ir a la biblioteca y finalmente escribir la tesis.

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